Al último cartucho se le tiene respeto.
Ya no quedan 5, ni 4, ni 2. Es uno, es singular.
Es la esperanza de acertar y la frustración de fallar JUNTAS antes de que ninguna de las dos haya ocurrido. Van de la mano, dialogan, hasta que alguna saque ventaja y salga victoriosa. ¿Acaso no funciona así? Se gana o se pierde... y ganar tiene lo suyo, no me jodan.
Miro el arma y tomo conciencia de su peso. Así se siente en mi mano y así la agarran mis dedos (no, no me voy a matar, es una analogía, dale). Porta en su interior mi última oportunidad, merece ser venerada.
Giro el martillo con mi dedo pulgar y suena ese famoso sonido que indica que mi munición está cargada. Todo ese sistema de engranajes resuena en mi interior por un segundo.
Mi respiración es más profunda. Es que mi cuerpo sabe que las cosas son distintas cuando uno es plenamente conciente de que ya no van a volver a ocurrir. Se hacen sentir con mayor intensidad, se vuelven más pesadas, dejan otro tipo de registro. Son mágicas en lo efímero, siendo en ese instante lo que fueron tantas veces y serán una única vez más.
Miro el objetivo e intento fundirme en el objeto, porque si nos constituimos en uno, si yo soy parte de esa bala y la bala se apropia de mi, las posibilidades de éxito son mayores. Ser uno. Y así ocurre: entra por las venas de mi muñeca, sube hacia mi brazo fluyendo por mi torrente sanguineo, llega al hombro, a los pulmones y se acerca a mi corazón.
Disparo y y la velocidad de esa acción lleva consigo mi voluntad, mis deseos, algunas risas y claro...todos mis miedos.
Y no quiero pensar
Que todo es el efecto y su causa
Voy a recordar
Que hay cosas que suceden por azar
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