Ante la mala noticia, el silencio fue nuestras acciones.
El resaltador pasaba una y otra vez de derecha a izquierda por las hojas.
Los autos afuera se agolpaban. Bocinas, motores, bullicio.
Él primero cortó cebolla.
Después papas.
Abrió la puerta de un mueble.
Abrió la canilla.
Apretó el mechero de gas autómatico. Prendió el extractor.
Las bocinas seguían sonando.
Mis hojas pasaban más lento de lo común, si es que pasaban.
Puteó, intentó encastrar para procesar. Me pidió ayuda. Tuvo éxito frente a la máquina.
Mientras tanto, mis lágrimas no tenían sonido, pero caían igual.
Ese silencio nos habitaría en caso de que algo pasara.
Él pensaba, rememoraba. Quería hacer algo, pero no tenía qué.
Yo pensaba, asustada. Quería hacer algo, pero no tenía qué.
Amando lo mismo, moríamos de miedo juntos, pero en soledad.
Si se hubieran podido materializar la cantidad de palabras y elucubraciones que giraban sin cesar en nuestras mentes, hubieran ensordecido a cualquiera.
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