-¿Qué vas a hacer a partir de ahora?
-Voy a escribir una novela ¿Qué te parece?
-Me parece muy bien ¿Qué tipo de novela?
-Una buena novela. Buena para mí. Yo no creo que tenga talento ni nada de eso. Pero, como mínimo, pienso que si uno, cada vez que escribe, no se vuelve un poco más sabio, entonces no tiene ningún sentido escribir
-Claro
-Escribir para ti mismo...O escribir para las cigarras
-¿Las cigarras?
-Sí

agosto 21, 2014

colorearte

Al niño no le enseñan a jugar, sabe cómo hacerlo. 
Lo hace, sin cuestionarse la manera en que se hace. Fluye. 
No hay forma de jugar mal. Tampoco se puede jugar bien. Ignora absolutamente la valoración de lo realizado. 
Del juego en adelante, todos los mundos posibles. No hay limites.
La invitación a jugar fue y será una constante ¿Cómo jugamos sino? 
El placer del juego por el juego mismo. El placer del juego por el placer mismo. 
El tiempo no encuentra lugar en la hora de jugar. No hay cantidades. Algunos dirán que es meramente cualitativo. Su calidad es, sin más. 
Mientras juguemos, no habrá exterior. Será nuestra esfera. 
Liberarse. Desprenderse. Evaporarse.

Cuenta la leyenda que algunos nacen y no quieren jugar. No es que no sepan, no quieren.
Los invitan a jugar, y por lo que cuentan los que presenciaron esos momentos, esos niños se alejan, con una sonrisa burlona, sin responder. 
¿Y qué hacen en vez de jugar? Pintan. Pintan de gris los escenarios de su vida. 
Matices de gris. Escalas interminables de ese color. En cada detalle, en cada unión de superficies. 
Compran pinceles de distinto tamaño, grandes paletas para mezclar una y otra vez el mismo color y crear una y otra vez las mismas tonalidades.
El límite es propio. 
¿Dónde está el placer? Yo no lo comprendo, pero deben de sentirlo. 
Giran en círculos, mareados del propio color que generan, desorientados por el intenso olor de la pintura. Dan más y más vueltas sobre sí mismos, no parecen cansarse ¿No quieren o no pueden? ¿Cuál primero?

Dicen que cuando la primera flor de la primavera se abre, rodeada de rocío, los colores empiezan a invadir de rojo, verde, amarillo, violeta, naranja y azul todos los espacios, incluyendo los universos grises. Caen desde las nubes, rebalsan los ríos, dibujan los caminos e inundan las paredes, trepándose a las mesas, sillas y todo lo que encuentren. 
La mayoría de los niños que no juega logra resistir la invasión. Más allá de su total desesperación, tiene éxito. Pero por estación uno, solo uno de todos ellos, logra conmoverse y despertar ante lo que ve, pasando instantáneamente al otro mundo.
 Por eso todavía, a pesar de todo, creo en la magia.

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